En esta ocación quiero compartirles unas palabras de otro libro de Dante Gebel el libro se titula "Arenas del Alma" me gusto mucho y espero que lo lean todo, dice así:
Hay momentos de mi adolescencia que aún me causan mucha gracia. A decir verdad, no fui un joven demasiado complicado, aunque debo confesar que sí tenía un gran mundo interior.
Algunas cosas se me han borrado completamente de la memoria, o supongo que tal vez lo hice adrede. Pero otras me hacen reír con el pasar del tiempo.
Mis padres tenían una obsesión que por aquellos años no podía entender del todo.
En casa había que ahorrar.
Algunas cosas se me han borrado completamente de la memoria, o supongo que tal vez lo hice adrede. Pero otras me hacen reír con el pasar del tiempo.
Mis padres tenían una obsesión que por aquellos años no podía entender del todo.
En casa había que ahorrar.
Podía entender lo que significaba ahorrar dinero en una cuenta bancaria, o comprar un electrodoméstico más barato. Pero no comprendía el tipo de ahorro de mis padres.
Cada vez que mi hermano lavaba nuestro automóvil familiar, mi padre gritaba que no gastara tantos litros de agua. Siempre reclamaban que no dejáramos el televisor encendido si nadie lo estaba viendo. Recuerdo a mi madre caminando detrás de mí, apagando las luces que dejaba encendidas. O golpeando la puerta del baño para que cerrara el grifo de la ducha de una buena vez.
Pero lo que más exasperaba a mi madre era mi rela-ción con la nevera.
En efecto, si alguna vez fuiste adolescente, debes recordar esta práctica. Es más, no creo que haya algún joven en el mundo que jamás lo haya hecho.
Recuerdo que abría la nevera de par en par y me quedaba contemplando su interior como si se tratara de un cuadro de Vincent Van Gogh. A pesar de que mi madre insistía en que pensara en lo que iba a comer antes de abrir la nevera, no podía concebir la idea de imaginarme un delicioso sándwich con las puertas de esa mágica y fría caja de Pandora cerradas.
—¿No hay nada rico para comer? —preguntaba.
Y a pesar de los reclamos, mi madre se las arreglaba para que algo delicioso apareciera en la nevera antes del anochecer.
También recuerdo llegar a casa y dejar mi ropa para lavar, abandonada y dispersa, en los rincones más inhóspitos de mi habitación. Y a mi dulce progenitora, diciéndome que me acostumbrara a colocar toda la ropa junta, para no gastar tanta cantidad de agua teniendo que lavar en distintas ocasiones.
Ante tanto ahorro exagerado, consideré que cuando fuera adulto viviría en una casa donde dejaría todas las luces encendidas, todo el tiempo que quisiera. Y que mi ducha diaria duraría tres horas o más. Mis llamadas telefónicas no tendrían límite. También me propuse que en mi nevera jamás faltarían los deliciosos postres y los condimentos para sándwich a cualquier hora del día. Y por último: en mi casa cual-quiera podría abrir la puerta de la nevera, por el tiempo que fuera, y contemplar su interior como una obra de arte.
No era tan mala idea. Después de todo, sería mi propia casa.
Pero algo extraño sucedió cuando me casé y forma-mos nuestra propia familia. Creo que mi plan de libe-ración y desenfreno doméstico solo duró un mes. Me bastaron treinta días para comprender lo que mis padres trataron de decirme por veinte años.
Las endemoniadas facturas de la electricidad, el agua y el teléfono me dieron un golpe de realismo que aún me duele.
Nadie me había hablado de eso. Suponía que a la compañía del agua no le importaba cuánto tiempo me demoraba en mi ducha privada. Pensaba que al gobierno no le importaría que un hombre de bien dejara todas las luces encendidas en su propia casa. Bueno, en realidad no les importaba, pero los muy desconsidera-dos me lo cobraban. Es más, me pasé mi juventud pensando que las líneas telefónicas eran un privilegio gratuito que los ciudadanos podíamos disfrutar.
Cada vez que mi hermano lavaba nuestro automóvil familiar, mi padre gritaba que no gastara tantos litros de agua. Siempre reclamaban que no dejáramos el televisor encendido si nadie lo estaba viendo. Recuerdo a mi madre caminando detrás de mí, apagando las luces que dejaba encendidas. O golpeando la puerta del baño para que cerrara el grifo de la ducha de una buena vez.
Pero lo que más exasperaba a mi madre era mi rela-ción con la nevera.
En efecto, si alguna vez fuiste adolescente, debes recordar esta práctica. Es más, no creo que haya algún joven en el mundo que jamás lo haya hecho.
Recuerdo que abría la nevera de par en par y me quedaba contemplando su interior como si se tratara de un cuadro de Vincent Van Gogh. A pesar de que mi madre insistía en que pensara en lo que iba a comer antes de abrir la nevera, no podía concebir la idea de imaginarme un delicioso sándwich con las puertas de esa mágica y fría caja de Pandora cerradas.
—¿No hay nada rico para comer? —preguntaba.
Y a pesar de los reclamos, mi madre se las arreglaba para que algo delicioso apareciera en la nevera antes del anochecer.
También recuerdo llegar a casa y dejar mi ropa para lavar, abandonada y dispersa, en los rincones más inhóspitos de mi habitación. Y a mi dulce progenitora, diciéndome que me acostumbrara a colocar toda la ropa junta, para no gastar tanta cantidad de agua teniendo que lavar en distintas ocasiones.
Ante tanto ahorro exagerado, consideré que cuando fuera adulto viviría en una casa donde dejaría todas las luces encendidas, todo el tiempo que quisiera. Y que mi ducha diaria duraría tres horas o más. Mis llamadas telefónicas no tendrían límite. También me propuse que en mi nevera jamás faltarían los deliciosos postres y los condimentos para sándwich a cualquier hora del día. Y por último: en mi casa cual-quiera podría abrir la puerta de la nevera, por el tiempo que fuera, y contemplar su interior como una obra de arte.
No era tan mala idea. Después de todo, sería mi propia casa.
Pero algo extraño sucedió cuando me casé y forma-mos nuestra propia familia. Creo que mi plan de libe-ración y desenfreno doméstico solo duró un mes. Me bastaron treinta días para comprender lo que mis padres trataron de decirme por veinte años.
Las endemoniadas facturas de la electricidad, el agua y el teléfono me dieron un golpe de realismo que aún me duele.
Nadie me había hablado de eso. Suponía que a la compañía del agua no le importaba cuánto tiempo me demoraba en mi ducha privada. Pensaba que al gobierno no le importaría que un hombre de bien dejara todas las luces encendidas en su propia casa. Bueno, en realidad no les importaba, pero los muy desconsidera-dos me lo cobraban. Es más, me pasé mi juventud pensando que las líneas telefónicas eran un privilegio gratuito que los ciudadanos podíamos disfrutar.
Eso sí, había un oculto placer que nadie podría robarme ahora que era jefe de mi propio hogar. Recuerdo que abrí mi nevera por primera vez y me quedé contemplándola con un secreto orgullo de tener lo propio.
—Por qué está casi vacía? —le pregunté a mi fla-mante esposa.
—Porque con lo poco que ganas y el escaso presupues-to, no podemos llenarla —contestó.
Es increíblemente sutil la manera en que las esposas pueden darte un golpe que te haga volver a la realidad.
—Por otra parte, no la dejes abierta. Es una nevera vieja, y si haces eso el frío se perderá —agregó para cul-minar la frase que terminaría por arrojarme a un mundo vacío y sin sentido.
Sé que suena humorístico, y es por eso que te men-cioné que me sonrío de solo pensarlo. Aún recuerdo el día cuando comprendí que junto con la madurez de tener un hogar propio, viene aparejada la necesidad ahorrar y presupuestarse.
Hubiese preferido que mis padres siguieran pagan-do las cuentas. O que nadie me complicara con fechas de vencimiento y facturas que afrontar.
Pero tuve que madurar y saber que ahora era el único responsable, junto a mi esposa, del futuro de nuestro hogar.
Algo parecido le sucedió al pueblo de Israel. Durante cuarenta años vivieron en una suerte de «adolescencia crónica». Durante cuatro décadas viajaron en calidad de turistas. El único esfuerzo que hacían se reducía a salir cada mañana de sus tiendas y recoger el maná que les caía del cielo.
Abrían la nevera de par en par y preguntaban: —~ No bay nada rico para comer?
Sin facturas. Sin vencimientos. Sin responsabilida-des propias.
Pero un buen día, llega el desierto de la madurez. Lo que llamo el tercer día de camino. La era de Josué.
Dios entrega órdenes precisas. Esfuércense. Avancen. Si quieren legumbres frescas, que siembren y cosechen el fruto de la tierra. Ya no habrá neveras llenas por la providencia de un papá precavido.
¿Se acabó el poder de Dios? Claro que no. Lo que se terminó es la época del maná sin esfuerzo. De la roca que vierte agua. Ya no vivirán en calidad de turistas, ahora serán soldados.
El apóstol Pablo solía decir que cuando era niño, pensaba, actuaba y juzgaba como un niño. Pero cuando fue hombre, asumió otro tipo de responsabilidades, y lo que es más importante, una mentalidad diferente.
Lo que sucede es que en ocasiones, como estamos conscientes de que duele crecer, no queremos trans-formarnos en adultos. La adolescencia espiritual es un mullido y cómodo sillón del que no dan ganas de levantarse.
Para Abraham es muy placentero amanecer cada día y ver a su hijo corretear bajo el sol, mientras siente el dulce aroma de alguna especialidad que emana de la cocina de Sara. Con su vida hecha, o por lo menos, pla-nificada a largo plazo: una nada despreciable fortuna en ganado y tierras, descendencia asegurada, buena repu-tación, una mujer con la cual envejecer y siendo amigo de Dios. ¿Quién necesita algo más para vivir?
—Por qué está casi vacía? —le pregunté a mi fla-mante esposa.
—Porque con lo poco que ganas y el escaso presupues-to, no podemos llenarla —contestó.
Es increíblemente sutil la manera en que las esposas pueden darte un golpe que te haga volver a la realidad.
—Por otra parte, no la dejes abierta. Es una nevera vieja, y si haces eso el frío se perderá —agregó para cul-minar la frase que terminaría por arrojarme a un mundo vacío y sin sentido.
Sé que suena humorístico, y es por eso que te men-cioné que me sonrío de solo pensarlo. Aún recuerdo el día cuando comprendí que junto con la madurez de tener un hogar propio, viene aparejada la necesidad ahorrar y presupuestarse.
Hubiese preferido que mis padres siguieran pagan-do las cuentas. O que nadie me complicara con fechas de vencimiento y facturas que afrontar.
Pero tuve que madurar y saber que ahora era el único responsable, junto a mi esposa, del futuro de nuestro hogar.
Algo parecido le sucedió al pueblo de Israel. Durante cuarenta años vivieron en una suerte de «adolescencia crónica». Durante cuatro décadas viajaron en calidad de turistas. El único esfuerzo que hacían se reducía a salir cada mañana de sus tiendas y recoger el maná que les caía del cielo.
Abrían la nevera de par en par y preguntaban: —~ No bay nada rico para comer?
Sin facturas. Sin vencimientos. Sin responsabilida-des propias.
Pero un buen día, llega el desierto de la madurez. Lo que llamo el tercer día de camino. La era de Josué.
Dios entrega órdenes precisas. Esfuércense. Avancen. Si quieren legumbres frescas, que siembren y cosechen el fruto de la tierra. Ya no habrá neveras llenas por la providencia de un papá precavido.
¿Se acabó el poder de Dios? Claro que no. Lo que se terminó es la época del maná sin esfuerzo. De la roca que vierte agua. Ya no vivirán en calidad de turistas, ahora serán soldados.
El apóstol Pablo solía decir que cuando era niño, pensaba, actuaba y juzgaba como un niño. Pero cuando fue hombre, asumió otro tipo de responsabilidades, y lo que es más importante, una mentalidad diferente.
Lo que sucede es que en ocasiones, como estamos conscientes de que duele crecer, no queremos trans-formarnos en adultos. La adolescencia espiritual es un mullido y cómodo sillón del que no dan ganas de levantarse.
Para Abraham es muy placentero amanecer cada día y ver a su hijo corretear bajo el sol, mientras siente el dulce aroma de alguna especialidad que emana de la cocina de Sara. Con su vida hecha, o por lo menos, pla-nificada a largo plazo: una nada despreciable fortuna en ganado y tierras, descendencia asegurada, buena repu-tación, una mujer con la cual envejecer y siendo amigo de Dios. ¿Quién necesita algo más para vivir?
Pero al patriarca aún le falta subir al podio del padre de la fe. Dios aún debe trascender su razona-miento y la evidencia basada en los hechos. Todavía falta que su maravillosa fe le sea contada por justicia.
Su ministerio aún debe pasar por el crisol de un esfuerzo extra.
Su ministerio aún debe pasar por el crisol de un esfuerzo extra.